
Si, sé que ya se ha hablado mucho de esta tragedia sucedida en Ica, del terremoto que nos puso a todos aquí en Lima a temblar. Ha pasado exactamente una semana, y hoy haciendo mi ruta diaria en combi todavía escuchaba preguntas del tipo ¿Dónde estabas cuando paso el temblor?, seguida de comentarios acerca de lo mucho que nos asustamos.
Todos sabemos que vivimos en una zona de riesgo constante, sin embargo este tipo de cosas siempre nos toma por sorpresa. Personalmente siempre afirmé que lo único que pedía en caso de algún desastre era estar junto a las personas que amo, familia o amigos, pero como pueden imaginarse lo único que siempre pedí fue aquello que no obtuve.
Estaba sola camino a casa, creo que eso le pasó a la mayoría, es que el terremoto ocurrió durante el momento de mayor tráfico en Lima cuando trabajadores, empleados, oficinistas, obreros y estudiantes regresaban a sus hogares ya sea colgados en algún rincón del micro o desde la comodidad de sus autos.
Yo sin embargo iba a pie, congelándome por el frío, deseando estar ya ante mi computadora con una taza de café caliente en las manos, cuando algunos gritos me hicieron volver la cabeza, y detener el paso, sólo entonces pude percibir que la tierra se movía.
Y no importa que ahora les diga que no soy nerviosa, realmente no lo soy, he vivido ya muchos temblores como toda limeña promedio, se que son generalmente rápidos y que pasan sin ninguna importancia, dándonos una oportunidad de tomar el pelo a los asustadizos, pero este movimiento fue diferente, no disminuía al contrario se hacia más y más fuerte.
El ruido de los postes moviéndose, el llanto de los niños, la gente corriendo hacia la calle, será una visión para mi imposible de olvidar. Toda la confusión, la prisa, el miedo que nos ataco especialmente cuando dos luces gigantescas iluminaron el cielo, aun hoy no he hallado una explicación sólida para explicar ese resplandor que nos hizo pensar que era tal vez nuestro ultimo instante. Antes de haber escuchado a alguien evocar el fin del mundo posiblemente me hubiese matado de la risa, pero en aquel instante eterno sacado de una película de acción no parecía tan improbable y yo sólo podía pensar en llegar a casa.
Con los celulares y las líneas de teléfono colapsadas, nuestra ciudad vivió un caos que jamás había conocido con gente desplazándose en múltiples direcciones, ansiosas de saber si su familia estaba bien, el pánico cundía entre todos nosotros. Señoras llorando en los micros, anhelando llegar hacia sus hijos que en su mayoría se hallaban solos en casa, jóvenes mandando mensajes de texto que nunca arribaron a su destino, otros simplemente muy asustados caminaban como sombras, testigos de un espectáculo que no terminaban de comprender.
Quienes nos hallábamos cerca de casa y logramos llegar en menos de una hora, vivíamos momentos de tensión ante una primera replica, y los distritos que como el mío aun contábamos con servicio eléctrico veíamos alarmados una amenaza de tsunami lanzada por CNN, aquella fue realmente una pesadilla, una historia salida de algún cuento que nunca desee vivir y que posiblemente permanezca en mi memoria para siempre.
Aunque una semana después sabemos que aquello que pasamos no tiene comparación con la catástrofe de Pisco, lugar en el que todo lo que nosotros temíamos realmente sucedió. Lo que mas me entristece es saber que llegamos tarde, que no estuvimos a tiempo para salvar más vidas, que el terror que vivieron los iqueños tal vez no se borre nunca y que eso lo queramos o no hoy día pesa más que nunca en nuestras conciencias, lo sé porque todos los días llegan a mi correo cadenas del tipo ayudemos a nuestros hermanos del sur , hermanos????, no puedo evitar decir que eso me suena mucho a palabrería barata, hermanos que no vimos que no conocemos y seamos sinceros hermanos o compatriotas en los que jamás nos preocupamos hasta que fuimos tristes espectadores de su destrucción en una tragedia por demás anunciada.
Quines conocemos Ica no logramos salir aun del asombro de ver la ciudad querida convertida en nada más que un recuerdo, en mi caso de mis fotos de niña, de mis paseos por el mar, hoy que este sentimiento de nostalgia invade todo mi cuerpo no puedo evitar sentirme aun con ganas de llorar, sin embargo no es el momento de lamentaciones o de pesar, es el momento de estirar nuestras manos para tratar de ayudar, y que esta solidaridad nos dure muchísimo tiempo, todo el que se necesite para levantar de nuevo estas ciudades, para tratar de una vez por todas de construir un país no solamente más unido ante este desastre si no también mucho más preparado ante una eventual tragedia, no sea que el día de mañana podamos ser tu o yo reconociendo a nuestros muertos en la plaza mayor de Lima. Y que estas imágenes que hoy vemos por nuestras pantallas, no se borren nunca de nuestra memoria, se queden no para atormentarnos, si no para hacernos entender que vivimos en una país en riesgo y que si ahora no tomamos las precauciones necesarias talvez no estemos para relatar la historia de otro terremoto en Lima.
Camila
No hay comentarios:
Publicar un comentario