
Aquella tarde, por ningún lado de mi dulce cabecita se me había cruzado, que haría una travesurilla, inocente, ingenua, confiada e incomprendida...Pero, al final de aquella aventura, me dije: Valió la pena...Sí, valió la pena Lucho Naranjo.
No sé quién sea el tipo, no sé si este es su verdadero nombre, pero esa tarde estaba allí, cuando necesitaba movilizarme alrededor del Golf de San Isidro, sí, todo ese enorme recorrido. Tenía que hacerlo de algún modo, y qué mejor que hacerlo en aquella preciosura, que fue la moto...Mi sueño de niña hecho, en unos segundos, realidad.
Si quieres, te llevo-me dijo-, y yo sin querer mostrar mi súper hiper-archi-entusiasmo, le dije: Ah, bueno. (Qué parca, dije entre mí). Y me subí, bien cómoda, antes le hice guardar mis cosas en su maletín, y luego mi pie derecho inmediatamente se subió a esa moto, era la primera vez que lo hacía (es mi primera, de tantas, me dije).
Me agarré no tan fuerte, porque ni lo necesitaba, era como si aquel asiento estuviera hecho para mi. Era como si me hubiera estado esperando hacía mucho tiempo. Y esta vez nada en el mundo me impedía subirme, montarla y dejar que el viento acariciara mi rostro, así como mi cabellera, hasta por un momento olvidé si llevaba sandalias o zapatos cerrados (luego, cuando me di cuenta, ya era tarde ya estaba en medio de la pista), y felizmente, era zapatos cerrados, así que, no me volvería en la cenicienta de la moto...
Debo decirlo, aquellos fragmentos de tiempo, fueron increíbles, fue lo mejor que me pasó en mi vida. Nada de miedos, nada de vergüenza, nada de roche...Nada de nada. Era parte de mi vida, parte de las cosas que hacemos-a veces-, sin pensar, sin poder decir: No!. Pero que al final dices: ¿Y, por qué No? Claro, que lo volvería hacer...
Encima de la moto, me puse a pensar, qué distinto se ve todo, qué diferente se ve, yo que siempre he viajado en carro, tren y colectivos, desde las combis limeñas, hasta los ómnibus de antaño (que van más lentas que la tortuga más veloz). Todo, sobre cuatro ruedas...Hasta las moto-taxis, que son de tres.
Nunca he montado siquiera, una bicicleta; y, allí, sobre esas dos ruedas pude experimentar lo que luego leí: El viento nos da en la cara a todos por igual, (como a los perros)*. Sí, nos da a todos por igual! Y también se nos forma en el rostro la misma sonrisa del perro, que saca la cabeza por la ventanilla, aquella sonrisa de felicidad.
Luego de mi pequeña, pero gran aventura sobre aquella moto, recibí una cantidad de comentarios, que no valen la pena repetirlos (menos los que me dijeron en casa); pero en fin, puedo rescatar una, bueno, literalmente no fue dicha así, pero para mí se tradujo en ésta: Si, a mí, se me hubiera presentado la oportunidad de subir a una moto, sin pensarlo, ya estaría sobre ella, jajajajá...Valió la pena, claro que sí!! *(“De perros, motos y café”, de hportela).
Conciencia
No hay comentarios:
Publicar un comentario